Mientras le preparaban la cicuta, Sócrates intentaba aprender un aire de flauta. “¿Para qué quieres aprenderlo?”, le preguntaron. “Para saberlo antes de morir”. Si me atrevo a recordar esta respuesta, trivializada en los manuales, es porque me parece la única justificación seria de la voluntad de conocimiento, tanto si se practica en el umbral de la muerte como en cualquier otro momento.